martes, 12 de noviembre de 2013

Desplomes y otras maneras de darse en la cabeza en la Nacho


La irónica y marihuanil historia de Camilo Ernesto, el típico estudiante que va a la Nacional a darse en la cabeza.



Como buen alumno de la Universidad Nacional, Camilo Ernesto combina sus estudios con sendas dosis de hierba en el que podría ser el fumadero a cielo abierto más grande y acogedor de Colombia: el campus de su Alma Máter.

La de Camilo bien podría ser la historia de cualquier fumón de universidad pública colombiana, que muchas veces ha visto frustrado su intento por estudiar por culpa de paros, bloqueos o simplemente porque los edificios se vinieron al piso; pero que en cambio ha tenido éxito en cada una de las ocasiones en que se ha propuesto fumarse un porro en las instalaciones académicas.

A pesar de los cuatro semestres de fuma intensa, el episodio que le sucedió la semana pasada no se lo hubiera podido imaginar ni en sus mejores trabas. Ese día Camilo Ernesto salió de su casa con una consigna: “hoy me voy a dar en la cabeza”. Su plan era entregar un importante trabajo en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas para luego autopremiarse con un kenke en La Playa.

Sin embargo, Camilo Ernesto terminó dándose en la cabeza antes de lo planeado. Mientras corría presuroso por el pasillo de su facultad con su informe en la mano y pensando únicamente en la recompensa, un pedazo del techo le cayó encima y le dio más duro que 10 porros tamaño king size juntos.

Camilo Ernesto se despertó en la camilla de la enfermería y se dio cuenta que era muy tarde para entregar su trabajo. Atontado y fiel a la filosofía marihuanera de trabarse a pesar de la adversidad de las condiciones, igual se pegó su tan anhelado bate y quedó tan turro que no supo qué fue lo que le dio más duro en la cabeza.

Mientras mataba la pata, Camilo Ernesto reparó en las palabras de un burro viejo de esos que pastan en la Nacho por décadas, quien mientras se fumaba un bareto concluyó: “aunque en la Nacional muchas veces no se puede estudiar, siempre se puede fumar”.

jueves, 24 de octubre de 2013

¿A qué sabe la marihuana legal?


Desde que Pepe Mujica dijo que iba a vender moños a un dólar, no he dejado de pensar cómo sería fumarse un bareto 'con todas las de ley'.




Voy a comprar un moño y no llevo las dos lukas en la mano, llego a la olla y no tengo que meter la plata por debajo de la puerta. Esta vez no voy a hacer la transacción con un expendedor de barrio: ahora mi jíbaro es el Estado, el mismo que me decomisaba moños y me madaba a la Upj.

Ya no tengo que esperar una hora en la esquina más visajosa del barrio (donde me boleteo con los vecinos y hasta con mi mamá) para que me lleven la bareta. Tampoco debo hacer la transacción plata-marihuana con un estrechón de mano mientras saludo al man. Simplemente entró, reviso la vitrina, escojo lo que quiero y pago en la caja.

¡Dos lukas un moño! (lo que equivale al dólar que cobra Mujica), solo un expendedor experimentado y conocedor del mercado podría establecer una cifra redonda como esa, perfecta para el marihuano engomado que se enbolata haciendo cuentas.



Me cruzo a los tombos saliendo, pero no me descargo ni cambió mi camino. Ya no pueden robarme lo que llevó a cambio de no subirme al camión, tampoco quitarme la marihuana, ahora hasta ellos la tienen que comprar si quieren trabarse.

Mi habilidad para pegar baretos mientras camino (la misma que practiqué y perfeccioné durante tantos años) ya no es útil. Armarlo ya no es un acto clandestino que debe hacerse a contrarreloj y en estado de alerta máxima. Me siento en cualquier parte y lo pego con la tranquilidad del que obra conforme a la ley.

Por fin lo prendo y me doy cuenta de que la marihuana sabe igual que la ilegal. Lo único que cambio fue el jíbaro y sus estrategias de mercadeo.

martes, 15 de octubre de 2013

Credo del marihuano colombiano

“El que hace producir el pasto para las bestias, y la hierba para el servicio del hombre…”, Salmo 104:14.




Creo en la hierba
que crece en mi Colombia hermosa,
creadora de la monchi y la risueña.

Creo en la Santa Marta Golden,
la de rubia cabellera,
que fue concebida en la sierra nevada
por obra y gracia de la sabia naturaleza.

Creo en el Corinto todo oloroso
de las montañas del Cauca,
que no tiene nada que envidiarle
a la bareta foránea.

Creo en los moños de dos lukas
y en los baretos de mil.
En el cafuche de la L
cuando estoy amurado
y en un cuarto de cripy en la 93
recién quinceniado.

Creo en la olla del barrio
y en los jíbaros a domicilio.
En los Transmilenios de la 63
y en una traba en la Nacho.

Creo en la Punto Rojo, la Mango Biche
la crespa de pantano y la unión de fuerzas.
Que la traba sea eterna.
¡Fumén!*


*Así sea fumado.

lunes, 7 de octubre de 2013

El Pibe de los marihuaneros


Siempre admiré al Pibe por sus cualidades como armador, y aunque no tengo talento para el fútbol, me las arreglé para consagrarme como el mejor armador… el mejor armador de baretos de mi parche.

Yo soñaba con ser el talentoso, el 10, el administrador del útil, el que maneja los tiempos del juego; y lo conseguí, pero no fue fácil. Como Valderrama, que dio sus primeros pasos en la humilde cancha de Pescaito, yo armé mis primeros baretos -deformes, feos y llenos de huecos- en el parque de mi barrio.



Las divisiones inferiores
Igual que el ‘Mono’, yo empecé viendo desde la banca cómo armaban otros más veteranos. Después, iba a mi casa y en la soledad de mi habitación ponía en práctica las jugadas que había visto hacer a mis ídolos.
Pero los resultados eran desastrosos, tanto así que me sentía el Totono Grisales de la arquitectura marihuanil y terminaba recurriendo a la vieja táctica bautizada por los colinos futboleros con el mote de otro reconocido personaje de nuestro fútbol: El Mísil Restrepo.
La táctica del Mísil (también conocida como misilear) consiste en ese hábito preadolescente de desocupar un cigarrillo sin desarmarlo para luego llenarlo de marihuana y fumárselo. Pronto me di cuenta de que jugando así nunca llegaría a ser un Valderrama, ni siquiera un Totono, y seguí entrenando.
A doble jornada, e incluso quedándome a practicar después de los entrenamientos,  hice todo mi proceso de inferiores y perfeccioné mi táctica hasta que llegó mi momento de debutar.

Nacido para armar
Debutar nunca es fácil. Cuando me dieron la bareta para rascarla me pareció más dura que una defensa de Ochoa Uribe y necesité mucho toque-toque para ponerla a punto.
Hacía más viento que en el estadio de Santa Marta, pero como lo hubiera hecho mi ídolo –otro hijo ilustre de la sagrada tierra de la Samarian Golden-, no me arrugué, pedí el cuero y me puse a hacer lo que mejor me sale: armar.
Pese a los nervios, pude mostrar todas mis condiciones con el útil de juego, que rotó por todo el terreno y resistió todo un picadito de plones largos, caídas y babeadas.
Al final, mis amigos y yo nos dimos en la cabeza casi tantas veces como lo hace Mario Yepes en un partido contra la delantera de Uruguay, y quedamos más trabados que Wílder Medina en día libre.

Ese día me di cuenta que no me quedaba grande la 10 y desde entonces la vengo vistiendo con orgullo cada vez que hay cotejo. Y sépanlo muy bien, pechifríos y sangreyucas: no me la pienso quitar hasta el mismísimo día en que cuelgue los guayos.


viernes, 4 de octubre de 2013

Siembra Canábica por Bogotá

Cada vez que arme un bareto, sáquele las pepas y siémbrelas en la vía pública. Adornemos nuestra Capital con lindas matas de marihuana.


¿Cuántas pepas le saca usted a cada bareto que se arma? Imagínese que todos los marihuaneros de Bogotá sembráramos esas semillas en la vía pública cada vez que nos fumáramos un porro. Ahora imagine la ciudad unos meses después, con sus calles adornadas por miles de pequeños y verdes arbustos de la hierba más alegre de la huerta.
Contribuir para lograr esa ciudad soñada es sencillo, incluso para un marihuanero, solo hace falta seguir estas sencillas instrucciones y en unos meses tendremos una Bogotá más verde, más Canábica.
Primero. Sáquele todas las pepas a la bareta antes de pegar el porro y esta vez, por favor, no las bote en el inodoro ni en la caneca de la basura.
Segundo. Mientras se fuma el bareto, identifique el lugar más apropiado (jardín, matera, zona verde, parque, potrero, separador, etc.) en donde le gustaría ver una planta de la mítica cannabis sativa y siembre allí las semillas.
Tercero. Repita esta operación cada vez que se trabe por las calles de la Capital y cuéntele a sus amigos agremiados para que la acción se replique y llegue a todos los rincones de la ciudad en donde haya un fumón.
Cuarto. Cada vez que se encuentre planta florecida, no importa si usted no la sembró, tómele una foto y envíela a Canábica para construir el álbum de memorias de una ciudad más amable y mucho más fumable.
Agremiado bogotano, Canábica lo invita a poner su pepita de hierba para adornar las grises calles de la Capital y llenarlas del fresco perfume de la mata santa.

martes, 3 de septiembre de 2013

Lalo, el primero que le cantó a Juana

La canción de amor de Lalo a su María Juana
Lalo, el primero que le cantó a Juana
Antes que Manu Chau, Café Tacuba y Pernet, estuvo Lalo Guerrero, el chicano que hace más de 50 años compuso el clásico inmortal Marihuana Boogie, y que se convirtió en uno de los primeros artistas en grabar una canción explícita sobre la ganja. Luego su pegajosa tonada fue interpretada por otros famosos cantantes.
Nadie se explica aun cómo la canción de Lalo escapó a la censura de Edgar Hoover y sus sabuesos del FBI. Lo único cierto es que en 1949 este tema del padre de la música chicana, que supuestamente estaba dedicado a su novia: Juana, terminó convertido en el himno de cientos de miles de amantes de la Dama de los Cabellos Ardientes en Estados Unidos.
“Yo tengo una novia que se llama Juana, pero ya todos los batos le dicen Marihuana”, dice la rola marihuanil que Guerrero y el grupo Los Cinco Lobos grabaron para la disquera Imperial Records de Los Ángeles, California, y que quedó como legado para las futuras generaciones de fumones.
La receta del éxito de Lalo fue mezclar el boogie, pegajoso ritmo de moda por la época, y el consumo de marihuana, muy extendido entonces en las noches de bohemia de la creciente comunidad chicana.
Un agremiado honoris causa (Lalo no era fumón)
Pese a que su canción ha sido un himno y un referente de los marihuaneros por más de medio siglo, Canábica logró establecer que el compositor e intérprete original de Marihuana Boogie no era un consumidor habitual de la hierba a la que le profesó su amor.
En entrevista exclusiva con Canábica, Mark Guerrero, hijo del abstemio pero simpatizante  Lalo, dijo que a su padre le surgió la idea de hacer la canción al ver que la marihuana era una asidua invitada de sus colegas músicos y paisanos a sus fiestas y sesiones de grabación.
“Él me contó que algunos miembros de su banda le dieron a probar el porro cuando era joven. Dijo que le dolió la garganta y decidió que no era buena para su voz de cantante”, agrega Mark al explicar que su padre no era fumón.
De acuerdo con Guerrero Junior, Lalo no volvería probar la hierba que lo hizo tan famoso hasta el invierno de 1986, cuando, para celebrar su onomástico y la navidad, Mark y su hermano le regalaron un delicioso kenke cumpleañero. “Fumamos los tres esa noche, mi papá se rió mucho y la pasó muy bien”.
Un porro que no se termina
El boogie de la Marihuana no se quedaría atrapado en los viejos transistores y en las estaciones de radio de antaño, sino que su seductor buqué llegaría a la pantalla grande en la década del setenta en la banda sonora de la película Zoot Suit de Luis Valdez, referente fílmico de los mexicoamericanos.
Años más tarde y con el boom de la tecnología, cada agremiado del mundo con acceso a un computador puede tener frente a sus ojos y oídos la gran canción que se niega a desaparecer, como si se tratara de un delicioso porro que se resiste a terminarse.
Artistas como Café Tabuna y Manu Chau harían sus propias versiones del himno que nos dejó Lalo y que por siempre vivirá en nuestras gargantas y nuestros pulmones.

martes, 27 de agosto de 2013

Del enchonche y otros demonios

El enchonche no es lo único que produce la marihuana, Canábica es una muestra de lo que se puede hacer estando trabado. Es posible cambiar el embombe por el engome.  

Es la séptima vez que nos proponemos escribir esta entrada y después de muchos intentos fallidos, mediados por varios porros, parece que por fin vamos a liar este asunto.
El motivo de estas tan embolatadas letras es eso que los científicos han convenido llamar "síndrome de desmotivación relacionado con el consumo de marihuana", que no es otra cosa que la dificultad que experimentamos los fumones para concentrarnos o emprender alguna actividad o proyecto, lo que los agremiados conocemos como enchonche.
Un ejemplo de eso es este artículo, que nos habíamos propuesto escribir hace algo más de un mes y el cual, por razones estrictamente marihuaniles, no había sido terminado.
Pero para nosotros no es sorpresa este errático ritmo de trabajo, pues Canábica es una idea que brotó con el humo de los porros que nos fumamos hace año y medio y que solo se hizo realidad a principios de este mes.
La razón por la cual ni este artículo ni esta revista estuvieron listos en el tiempo que lo harían unos editores no agremiados es simple: sus creadores tenemos como política trabarnos antes de cada sesión de trabajo, lo que ocasiona que muchas veces las reuniones se hagan humo antes de concretar un solo párrafo.

La lucha contra el enchonche
Cuando decidimos hacer Canábica sabíamos que el principal enemigo a vencer era ese compañero de tantas y tantas tardes distrabadas frente al televisor: el legendario enchonche. Por eso en Canábica no hay plazos de entrega y consideramos que cada artículo terminado es un pequeño paso para la marihuanidad, pero un gran paso para un marihuanero.
Con el tiempo descubrimos que madurar las ideas con largas horas de tertulia marihuanil da como resultado un producto que tiene un estilo, una calidad y un distrabe únicos, y esa onda es la que queremos para Canábica.
El truco no es evitar el enchonche, es saberlo convertir en un engome productivo -no estamos descubriendo nada, solo contamos nuestra experiencia- . Para nuestro caso esto ocurrió cuando dejamos de hablar por largas horas sobre la revista para dedicar algunos minutos en escribirla.
En ese momento nuestra charla común de "oiga, vamos a hacer el artículo sobre el enchonche" y su respuesta de siempre, "no qué pereza, mejor péguelo", cambió por "prenda ese bareto y empecemos a escribir", aunque muchas veces hiciéramos un solo párrafo. Nos dimos cuenta de que la tenue línea que divide el enchonche y el engome, es escribir en una libreta.

La moraleja que nos deja esta historia de colinos es que, finalmente, hay que hacer, no solo hablar sino convertir las ideas en cosas reales, aunque sean un blog, una cuenta de Twitter y una página de Facebook que ni nuestros amigos marihuaneros visitan.